Transición
En el frente hay una puerta. De este lado de la habitación todo es sombras entretejidas en el ambiente; afuera en el otro extremo, se encuentra el mundo. Es ahí, donde se pasean voces y se traman historias que se han repetido con anterioridad. Hay un abismo entre esta puerta y yo; me imagino poniéndome de pie, caminando hacia ella, atrás quedan un lápiz, un escritorio, una melodía. Todo sucede con extrema lentitud y mis pasos dejan una estela que se funde con el segundero; es cuando abro la puerta que se resquebraja el reloj de arena; suenan dos campanadas y un fraile se postra en lo alto de la torre; una mujer sube su falda y se descubre frente a dos niños. Afuera ladran los perros, viajan las carrozas y una lágrima se desliza entre los pliegues de un rostro envejecido.
El suceso es un código, una marquesina anunciando que las campanas han dejado de sonar, la mirada de los niños se ha extraviado en lo común, los perros se han dormido y las carrozas acallado. También la lágrima del anciano se ha secado, dejando en su rostro tan sólo una arruga. Es justo en ese momento que mi pierna cruza la frontera que separa la puerta de mi habitación.

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