Un Personaje
Nuestro personaje tiene una necesidad apremiante de que las circunstancias no se pierdan en ese brevísimo lapso que dura su estancia en el tiempo, así que busca un medio adecuado para plasmarlas; decide entonces capturarlas en forma descriptiva por medio de la tinta, haciéndose la firme promesa de resguardar el papel en un cofre bajo llave, de manera que nadie pueda jamás enmudecer o transgredir las palabras que con tanto celo describen algún suceso. Así lo hace y dedica un par de minutos a dibujar con palabras lo primero que acontece a su alrededor; en este caso, la travesía de una hoja que se ha desprendido del árbol y cae al final sobre la hierba. Podía haber elegido entre tantos sucesos, que se descubre agobiado; no bastaría toda la tinta del mundo para plasmar cada uno de ellos. Esto le entristece brevemente, pero sin poder resistirse al espacio que el tiempo le confiere para el suceso de su reflexión, termina pensando en otro asunto. Es entonces que decide revisar su texto con esmero hasta sentirse satisfecho con el resultado, y emocionado se entrega a la diligente tarea de resguardar su testimonio en el cofre. Lo deposita en el interior y toma todas las precauciones para que nada ni nadie sean capaces de arruinar su historia descriptiva de la hoja. Ahora su circunstancia ha quedado resguardada, y nuestro personaje imposibilita todo ultraje a su tesoro arruinando la llave del cofre con menudas pinzas.
Han pasado más de catorce mil seiscientos días desde que nuestro personaje ocultó aquel suceso descriptivo y arruino la llave. Me duele anunciar al lector que de hecho, nuestro personaje ha muerto; hace un par de meses sufrió un fulminante ataque al corazón que ha cesado su existencia. Entre el alboroto que se ha armado en su hogar a raíz de este suceso, los beneficiarios del difunto han querido violar el cofre, por supuesto sin sospechar lo que resguarda en su interior, es decir, la historia descriptiva de aquella hoja que cayó del árbol hace cuarenta años. Se han entregado a esta labor desde hace ya una semana y tal parece que hoy lograrán su cometido, pues han recurrido a los servicios de un buen cerrajero que sin duda abrirá el cofre.
Pero regresemos a nuestro personaje y al instante mismo de su desdichada muerte: el ataque al corazón le ha sorprendido justo cuando miraba por la ventana, en dirección al árbol del que mucho antes se desprendió la hoja. Entre el tumulto de pensamientos que le han invadido durante su agonía, uno de ellos ha sido precisamente el de la escritura del suceso de la hoja; lo ha recordado de pronto, perdido entre otros cientos de miles de sucesos que parecen acumularse en su memoria como para despedirse de él. Entre todos ellos, su voluntad ha escogido el que guardó con celo en el cofre, por sospechar que en realidad ha sido el único con el que puede formar una santísima trinidad: el suceso, la hoja y él mismo, aliados casi con religiosidad, para conformar lo que parece ser una complicidad hermética en relación a su antojo de capturar una circunstancia y retar al tiempo. Ha sido tanta su alegría al darse cuenta de ello, que hasta ha esbozado una sonrisa mientras el dolor le oprimía el pecho; luego se ha desplomado para siempre. Me entristece reconocer que aún cuando un pensamiento religioso fue con lo que nuestro personaje concretó su último ideal, no vino ángel alguno a recibirlo y mucho menos un Dios, tampoco un diablo o un payaso; nadie ha sido testigo de su muerte y lo peor es que se ha marchado inconfeso, sin que nadie pueda conocer la razón de ser de su escrito en relación a la hoja que cayó del árbol.
Al abrir el cofre han encontrado el escrito de nuestro personaje como único testimonio de su acontecer artístico. Lo han leído un par de veces para sentirse despreciables y para tener una razón más con la cual acudir al llanto. Después han transcurrido los días y el llanto se ha secado; la culpa y la frustración por jamás haber preguntado en relación a ese único escrito también se les han esfumado con los días. Los restos de nuestro personaje yacen en una fosa y a su alrededor diversidad de insectos han armado tremendo festín. Huelga decir que han asegurando provisiones para tres centenares de generaciones. Un tanto se lo han llevado las hormigas, otro tanto ácaros, gusanos e infinidad de especies semejantes que rebasan los fines de este escrito y resulta por lo tanto inútil nombrar. Nuestro personaje se halla fragmentado en diminutas moléculas, manteniendo involuntariamente a todo este batallón de alimañas, que al final tienen la misma suerte de llegar a su fin y ser devoradas en un auténtico acto de canibalismo pro natura. Trozos de nuestro personaje se funden con el barro, se precipitan en el aire, se transmutan una y otra vez en una vorágine enloquecida que rebasa ya los límites del cementerio, se divide en las calles aledañas y se pierde ahora en el césped, en una flor, en esporas y en el aire que al entrar por las narices de sus allegados, les hace recordarlo como si adivinaran que una pizca de él se les ha colado a las entrañas. Una buena porción de este pulverizado personaje se ha fundido en el riego, en el alcantarillado y hasta en el sistema de agua potable. Es así como en una ocasión llega a los pies del árbol que solía ver a través de su ventana. Ha subido por la madera en forma de humedad, se ha manifestado en corteza, en retoño y ha experimentado los efectos de la fotosíntesis. Al llegar a este punto, una porción innombrable de lo que ahora deberé llamar “nuestro ex personaje”, se lamenta de su insignificancia; es tal la sorpresa, que una lágrima se le escapa en forma de rocío. Se percata entonces del infinito lapso que podría durar su estancia en el tiempo, y recurre a toda su fuerza para sacudirse; desea desembarazarse de lo que lo sujeta y sus esfuerzos dejan escapar un imperceptible temblor. Acontece entonces que un leve crujido se apodera de él y se descubre liberado, flotando en dirección al césped desde las alturas del árbol. A escasos metros, desde la ventana que en otros tiempos debía ser la suya, ha divisado a un hombre que lo observa caer; su mano diligente plasma con letras aquel suceso, con la esperanza de que aquella circunstancia no se pierda en el tiempo. Mientras tanto, abajo, perdida entre el césped, tan sólo hay una hoja; es el orgullo de nuestro personaje, que en el imperceptible lenguaje de las hojas dice para sus adentros:
- Maldita sea… ¡maldita sea!

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