Monday, June 06, 2005

El Santuario - La Reunión

Había ciertos lugares ocultos, sitios a la sombra de la compleja estructura del Santuario, en los cuáles una pequeña comunidad de inconformes nos reuníamos. Nuestros encuentros eran breves y nuestra labor consistía en edificar un mundo ideal, ajeno a lo que el exterior nos ofrecía. Como herramientas contábamos con una pila de libros, ideas y cuestionamientos de toda índole. Coincidíamos en la percepción de que el mundo como lo conocimos en un principio había cambiado y con él nuestra realidad. Todo el presente se postraba ajeno a lo que subsistía en nuestra memoria, que por alguna razón, sufría un desfase con nuestra condición de adultos. En esas reuniones fue que conocí a Sandra. Las primeras sesiones no cruzamos palabra; nos limitamos a un vistazo fugaz y a escuchar las lecturas que presentaba cada uno de los participantes. Ella siempre tenía prisa y yo estaba distraído intentando reparar el mundo. No soportaba su premura y ella odiaba mis reflexiones obsesivas. Nuestro único punto en común era asistir a las reuniones y al igual que los demás, buscar algo; no teníamos claro qué diablos era ni cuándo lo encontraríamos, ni siquiera si eso ocurriría algún día.

Una tarde al terminar la sesión la encontré sollozando en las escaleras del edificio; hacía dos días que había fallecido su padre. Permanecí a su lado como un idiota sin saber qué decir. Le invité un café y mientras caminábamos sentí un morboso deseo de enterarme cómo había ocurrido, pero no pregunté nada; no quería importunarla. Ella misma comenzó a explicarlo todo poco antes de llegar a la cafetería; había sufrido un infarto mientras miraba por la ventana; en apariencia el viejo tenía arraigada esa costumbre, se había vuelto un ermitaño cuyo esparcimiento consistía en la reflexión. Uno de los textos leídos esa tarde le había recordado a su padre. Mientras nos servían la segunda taza de café sacó de su bolso un papel, el cual asumí debía ser muy valioso por la forma en que lo manipulaba; era un escueto párrafo escrito por el ahora difunto, en el que describía la caída de una hoja desde lo alto de un árbol. Me explicó que aquel texto resultaba un hallazgo en cuanto al proceder literario de su viejo; era lo único que había escrito en toda su vida… un insignificante párrafo. Ella y sus hermanos lo encontraron oculto en un cofre sellado. Nadie conocía la razón de ser del escrito ni de su resguardo en el cofre; un enigma que ella y los suyos jamás resolverían, uno más de tantos secretos que un muerto se lleva a la tumba. Fue en esa cafetería que miré por primera vez el rostro de Sandra como desdibujado de pretensiones; nos unía su pesar y mi desencanto del mundo, una combinación digna de causar lástima. El careo con la muerte le había detenido la prisa; se hallaba congelada, dispuesta a escuchar la montaña de observaciones mundanas que yo debía liberar en cualquier momento, era preciso que un inconforme le explicara la razón de ser de la injusticia que es perder a un ser querido, y quién mejor que yo, el eterno inconforme. Para su sorpresa y la mía, no lo hice o no quise hacerlo; me descubrí petrificado, atrapado en un círculo infinito del que no hallaba una conclusión satisfactoria. Sentí deseos de abrazarla y permanecimos así, como las hojas del árbol, conscientes del abismo que se postra a sus pies y al que tarde o temprano, se ha de precipitar una de ellas para nunca más volver.

IE 2004

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