Monday, June 06, 2005

El Beso

Debo haber despertado tras un par de horas; ella había tomado la llave de la cornisa; la imagine decidida a buscar la solución a lo nuestro en algún café; era probable que estuviera intentando ordenar la confusión quién sabe con qué recursos absurdos. Casi podía verla salir por aquella puerta como en tantas ocasiones, arrepentida y confundida, mientras maldecía lo nuestro como se maldice la suerte. Tendría igual que yo, un par de horas para ver cómo remediarlo de una vez por todas o continuar hasta el fin. Recordé la ocasión anterior, cuando decidió salirse con la suya, y cómo lo había logrado recurriendo a sus encantos, era difícil rechazarla aún al conocer las consecuencias; cada movimiento estaba estructurado con infinita habilidad; parecía una representación profesional digna de ser premiada, pero lo cierto es que en su caso es casi instintivo, irremediable; sus movimientos son suaves, precisos, colmados de inocencia, como una seda o una hoja deslizándose en el viento. Hay frases ingenuas, siempre efímeras, que se entrelazan hasta manifestarse en hipnotismo; yo tan sólo la observo, cada vez más ajeno, absorto en sus movimientos, seducido de forma irremediable por su esencia que asemeja a un felino antes de acometer a su presa.

El ritual comienza con un indescriptible brillo en su pupila, que con presteza se transmuta en un guiño, un lamento que baja por su rostro y pone en movimiento una pierna, la otra, cada extremidad en sincronía, sumándose hasta que ya no queda rastro en mi pensamiento de que el mismo me pertenezca; es en ese momento cuando ocurre, una chispa enciende su mirada y le basta un brinco para clavarse en mi cuello; yo, como un hurón, me retuerzo entre placer y desesperanza mirando al vacío, trato de no pensar en ella, en su beso. Mi vista se posa en alguno de sus lienzos, y ahí, entre las figuritas inocentes que se desdibujan, intento hallar una pista, pero tan sólo encuentro duendes, aves congeladas, sombras y nocturnos. Luego, conmoción, asfixia y al final los estertores como preludio al fin.

Reparé en el desorden; la habitación era un caos: prendas alojadas en todas direcciones, frascos que bien podrían ser pócimas de colores vivos, resguardando celosos nuestro secreto. Me miro en el espejo más pálido, con los días me ha acometido una anemia espantosa de la que no sé cómo librarme. Así se hacen las criaturas de la noche, dejan la vitalidad en fragmentos y los objetos que circundan el nido parecen absorberlos.

Ahora debo aguardar su regreso. Cuando se vive en mis condiciones, los sentidos suelen atrofiarse, se pierde la capacidad de sorpresa e incluso el gusto por las emociones; esto me aporta la habilidad de escuchar las manecillas con especial agudeza, como si el espacio que recorre cada segundo se extendiera hacia el infinito y frenara de golpe, reanimando una vez más la manecilla. Entonces ocurre que de pronto la manecilla se congela, cesa el viento en la ventana, y toda la habitación se convierte en un gran lienzo. La espera pierde sentido, el tiempo se anula, nada respira excepto mi pupila. Me doy cuenta que con su partida se me ha vaciado la sangre y a ello responde esta quietud. Entonces la veo sentada en el café, sus manos sosteniendo la taza, sus piernas replegadas bajo la mesa; en su conjunto, todo apunta con certeza a que no se inmutará; va a permanecer inamovible y se hará manecilla. Yo aguardaré sentado, en compañía de esta anemia irremediable. Sé que en un par de horas, cuando ella se marche de aquel café, quedará sobre la mesa una llave, una chispa y un brinco que se me ha de clavar en el cuello. Luego conmoción, asfixia, los estertores como preludio al fin.

IE 2004

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